Letra Roja

martes 28 de octubre de 2008

Reincidencia


He tenido la necesidad de cesar mis manos una temporada larga. No siempre el alma se deja dominar por las afecciones que obligan la Literatura. En estos últimos meses he tenido la necesidad de vivir. Hablo de la otra vida. De la imperfecta, la que no se halla en las páginas suaves de los libros. Pero es como todo en la vida. A Homero no le cantaban a diario las diosas, aunque lo amaran tanto. Ahora ando por las calles con las manos en los bolsillos y la mirada ida. He malacostumbrado a mi alma a una ejercicio literario vano que me hace divagar en los momentos más inoportunos. Me siento muy turbado porque no quiero extraviar mi vida en una travesía al garete. He concluido en que la Literatura no es más que un juego egocéntrico de los autores. Sí, hoy, aquí, bajo este cielo encapotado de Octubre, debo decir que he dejado de creer en este hábito inservible. Sí, Borges, donde quiera que estés, yo también descreo.
Mi problema mayor no es mi fe o no en la Literatura, pues como ya dije soy un disidente. El problema es que los versos y las tramas me atacan sin misericordia. Pienso en versos emotivos, me atacan los poetas confesionales de la antigua Grecia. Descubro en cada suceso cotidiano potencialidades novelables. La Literatura ha minado mi ser, mana por cada resquicio de mi alma y en el menor descuido se apodera de mí. Soy un poseso de la palabra. El sábado reincidí. Me rendí al desvarío de escribir, sin parar, un cuento. El producto fue un descalabro, pero el problema no es el resultado, es el ejercicio. Escribo a escondidas diarios personales (a escondidas porque en nuestra sociedad machista un diario personal es una actividad mujeril). Traté de dejar de leer para no verme tentado a escribir, y pasé dos noches agonizantes, casi con temblores y temperaturas altas. Escribo hoy para desintoxicarme algo, para sacar un poco de mí que ya no cabe en el continente de mi cuerpo. Aún existen deudas mayores que me acusan, aún me reclaman los versos perdidos del “Elefante vampiro”, y los sucesos que no paran en su devenir. Hace unas semanas flameó una pancarta en los muros de la facultad de humanidades con un elefante vampiro dibujada en ella y yo no dije nada. No escribí al respecto, he callado, he traicionado un poco la vocación y las promesas del club. Pero he vuelto al ruedo y esta vez incluso a pesar mío.

viernes 1 de agosto de 2008

La bien amada del Toboso, al caballero del enjuto corazón.


... y porque naturalemente soy poltrón y perezoso de andarme buscando autores que digan lo que yo me sé decir sin ellos.

Prólogo del Quijote.


Que con tu coraza de caballero andante me guíes a la luz de las victorias intemporales
Tu fama y honor sean conocidos y rememorados por todos
A tu merced yo recurra siempre en los momentos encrucijados de la vida
A ti que no sé muy bien mostrarte lo que te quiero
Sé la fortaleza que necesito a mi lado, aunque yo dejara de agradecer tus deferencias
Aunque mis quejas reemplacen mis aquiescencias
Que recuerdes siempre mis confesiones bajo el manto de la noche estrellada
Cuando con la sinceridad acuosa en los ojos confesé que tu ausencia mataríame
No sé bien amar pero te amo, que eso baste a tu enjuto corazón para todo.

lunes 14 de julio de 2008

¿Quién eres?


¿Quién eres? –me pregunto–
Porque tus manitas tienen anestésicos misteriosos cuando tocan mi rostro
Acaso nunca llegue a descubrirte
Tus maneras alegres con otros y confusas conmigo
Quisiera que nunca hubiérasme hallado
Aunque si no hubiera pasado te seguiría buscando
Un eremita triste soy, un garabato de ideas secundarias
Un lector compulsivo, un escritor fracasado,
Un pensar en ti constante, un romántico arruinado.
Pero tú, ¿Quién eres?
Beatriz, Circe, Laura, Venus, la Maga.
Quizá algún día estemos juntos para siempre
Y sin decir nada, mientras duermas, levantaré la colcha un poco
Y miraré tu rostro y aún te desconoceré
Y musitaré: ¿Quién eres?
Farolito, mi bebita, un beso tierno, mi vida, una quimera.

miércoles 23 de abril de 2008

El Club del Elefante-Vampiro

Dícese que para hallar la primera mención del elefante-vampiro dentro de la Literatura Universal, debemos remontarnos al siglo XVIII. El poeta menor de origen alemán Max Sinclair lo menciona en uno de sus escasos y mal vendidos poemarios suicidas. Se desconoce aún en la actualidad el título de aquel poema e incluso el nombre del poemario del cual forma parte. Esto debido a que Sinclair fue un escritor disperso y descuidado cuya obra fue mal editada y pésimamente distribuida tras su muerte provocada.
El redescubrimiento del elefante-vampiro fue llevado a cabo por un grupo de estudiantes universitarios latinoamericanos que llegaron a tener contacto directo con los manuscritos de Max Sinclair. Se cree que dicha cofradía universitaria se hizo de los manuscritos gracias a acuerdos turbios e ilegales. Fue así que tras leer el íntegro de la obra de Max Sinclair fueron quemando uno a uno los originales del poeta alemán; no sin antes tatuar en su cuerpo los versos que consideraron más importantes y vitales para la posteridad.
El poema en el que aparece la genial metáfora del elefante-vampiro se haya escrito en el muslo superior izquierdo de uno de los tres estudiantes de Letras que brindó su cuerpo como canal para transmitir y preservar aquellos versos.
En Septiembre de 2006 se publicó en Alemania un libro de poesía reunida de Max Sinclair bajo el título de “El elefante-vampiro”. El poemario, publicado por familiares del poeta suicida, tuvo algunas ventas, sin llegar a ser un éxito de biblioteca. No obstante, la publicación de dicho libro produjo la indignación de los estudiantes latinoamericanos, quienes señalaron posteriormente que ninguno de los poemas se ajustaba a la voluntad del autor de acuerdo a los originales; sobre todo, el poema titulado “El elefante-vampiro”. Se hicieron publicaciones en revistas literarias de todos los países de Latinoamérica propugnando el boicot al poemario póstumo de Sinclair y al revaloramiento original de la excelsa metáfora del elefante-vampiro.
En la actualidad, Max Sinclair sigue siendo poco valorado por la crítica internacional y tiene tan sólo aquel poemario póstumo y fallido como muestra de su genialidad lírica. Sin embargo, la devoción dantesca que ha provocado al interior del mundillo literario de Latinoamérica ha sido descomunal. Setentaicinco poemarios de jóvenes autores latinoamericanos incluyen en sus versos al menos una referencia directa al elefante-vampiro. Veintitrés revistas literarias de habla hispana han dedicado artículos y páginas centrales a la metáfora del elefante-vampiro.
Los tres jóvenes literatos en cuyos cuerpos yace la única verdad acerca de los versos del hoy valoradísimo poeta alemán Sinclair, aún estudian letras en una de las pocas facultades de humanidades del Perú. Nunca se ha revelado uno sólo de sus nombres. Cada vez que ofrecieron una entrevista fue por vía epistolar. Siempre usaron seudónimos en lengua alemana y latina. Dícese que los tres jóvenes han incorporado y seguirán incorporando estudiantes de letras a lo que hoy en día se ha comprobado que es una especie de secta llamada el Club del elefante-vampiro. Se espera que desde Perú llegue a toda Latinoamérica y posteriormente al mundo entero el gran manifiesto del Club del elefante-vampiro. Los críticos ya vaticinan el estruendo global que causará todo este movimiento juvenil en la historia de la Literatura Universal.

viernes 7 de marzo de 2008

Sotavento (II)

Se debe leer primero Sotavento (I) para el pleno entendimiento del cuento.
Confusión. Los recuerdos se amontonan, llegan a doler cuando vienen así todos de golpe. Duele la cabeza, duele el alma. Ah...ya, sí. Ya recuerdo. Él y yo discutiendo en el auto. Es que no hay derecho, una es la que trae los hijos al mundo para que un prepotente como él quiera quedárselos una vez se aburre de una y me cambia por otra. No se lo voy a permitir, y se lo digo gritando, cerrando el puño, vociferando maldiciones, amenazas. Él se ríe en mi cara, como si yo no estuviera furiosa, cree que no soy capaz, me cree débil. Le suelto una bofetada de aquellas y el auto zigzaguea. Tiene la cara roja y el corazón en la garganta porque estamos cerca al acantilado y casi nos vamos a la otra vida. Media rueda del coche en el aire. Volvemos al carril. Silencio.
Pero el dolor es tan intenso, siento la sangre que empapa todo mi cuerpo, me siento nadando en un mar de sangre. Tragando sangre, escupiendo sangre. Nunca pensé que la sangre fuera tan fría, ni tan salada. Es que eso no es sangre. ¿Entonces? Agua. ¿Agua? Agua de mar. ¿Pero acaso no estoy muerta? Ay... cómo me duele todo. Es sangre y punto. Que no. ¿Y el dolor? Los muertos ya no sienten. Sólo duermen. Sólo son espíritus flotantes sin materia, el Topus Uranus y toda esa tontería platónica. Todo es tan oscuro, me cuesta abrir los ojos, hago un esfuerzo sobre humano, pero no. Siento las lágrimas saliendo de mis cuencas, el dolor se disipa, vuelve el recuerdo.
Frenada en seco y mi cara que da contra la guantera. Shock. Se baja del coche, me baja a mí y me reta a abofetearlo de nuevo. Yo lo miro con un ojo mientras siento el otro tan caliente que parece que va a hervir, poco a poco se va cerrando. El golpe fue duro. Lo insulto nuevamente, no voy a dejar que me pase por encima, se acerca y me toma de la blusa y me da una bofetada que me deja en el piso media ida. Salto repentino sobre él, intercambio de golpes rápidos arañones, cabellos arrancados, esputos. Giro repentino, odio encarnizado, empujón al pie del acantilado, cuerpo femenino en caída libre. Yo. Oscuridad.
El dolor que vuelve. Comienzo a reconocer sonidos. Siento sus manos ásperas cuando me carga y me lleva entre las piedras. Es curioso, oigo las piedras sonar, pero no se tambalea, no pisa en falso ni una sola vez. Me recuesta sobre algo blando, todo el ambiente huele a pescado, a mar. Hago el esfuerzo por abrir los ojos, siento que tengo un gran peso sobre los párpados. Mis hijos, pienso. Me cubre con una manta o algo que me da algo de calor, me abre la boca y me da a beber algo parecido a fuego líquido. Apenas ingresa a mi organismo calienta todo mi interior. Ron, pensé. Siento que uno de mis ojos se libera y me brinda un último instante de vida, lo veo allí, tan grande, tan tosco. Por un instante él se detiene, titubea. Mira mi ojo entreabierto y no sabe que hacer. Yo intento sonreír, agradecerle todos sus esfuerzos vanos. Debo verme patética, pienso. Él también intenta sonreír, también se ve patético porque acto seguido comienza a llorar y yo no sé que hacer, ni que decir. Aunque en realidad no puedo hacer ni decir nada. Por lo pronto hay que armarse de determinación y vivir. ¿Por tus hijos? También. Y por este pobre hombre, se ve que necesita ayuda. ¿Vivirás? Ojalá. Fin.

jueves 28 de febrero de 2008

Sotavento ( I )

Salir a la mar muy de mañana, tan de mañana que el frío deja de estremecerte y tu piel se va volviendo cada vez más insensible, ya no piensas en los pies congelados, en la ropa mojada, en lo dañino de la sal en la piel. Así salgo todas las mañanas de mi casa que no parece casa; de ese conjunto de cartones y maderas mal agrupados que tantas veces se ha llevado el viento y un par de veces el mar. Pero cuando uno no tiene mucho que perder no se entristece, tan sólo se enfurece contra la naturaleza, la odia más, la maldice porque hay que volver a buscar entre la basura, porque hay que juntar una vez más una serie de desechos ajenos para hacer el tesoro propio. Pensar que alguna vez fui niño y tuve compañía, quizás hasta amor. Y alguna vez estuve enamorado, sí, estuve enamorado y con todas esas ganas de compartir con alguien todo lo que uno es, todo lo que uno tiene. Pero que fácil es enamorarse sin ponerse a pensar que algunas personas estamos inhabilitadas para amar, porque no tenemos nada para compartir, porque nada somos.
Apenas se percibía la luz encubierta del sol, pero yo que tantas veces he andado y desandado este camino avanzaba entre las piedras y las saludaba, a cada una por su nombre, cada filo, cada arista. La red en la mano ya no me abría zanjas porque mi odio siempre las cerraba con mayor determinación. Empujé el bote, como si fuera de papel, subí y comencé a remar, remar, remar... con fuerza tal que de un instante a otro el frío se hacia nada y comenzaba a brotar un calor extraño, mi piel era una braza ardiente, se formaba un aura de humo alrededor mío cuando el frío golpeaba contra el fuego desafiante de mi fortaleza. Cuando mi remo golpeó algo me sobresalté, yo ya conocía la resistencia que ejercía contra mi remo algún desperdicio sólido, algún desdichado lobo de mar, pero esta consistencia era distinta, era frágil, era extraña. Me recosté hacia el filo del bote y la vi. Mitad fuera, mitad dentro, en esta vida y en la otra. Cogí su cabeza con una sola mano y la solté de inmediato, todavía parecía activa, estaba viva. La subí al bote y la vi completa. Era bella, el mar le había quitado casi toda la ropa, estaba golpeada en varias partes del cuerpo y no supe si habían sido las piedras o si algún desdichado se las había causado. Por primera vez dudé sobre mis habilidades forenses, antes era fácil decir si el lobo de mar había muerto de viejo o como consecuencia de una lucha con alguno de sus pares o por alguna herida accidental contra las rocas. Pero ella era tan distinta, tan bella, desconcertante.
Continúa...

sábado 2 de febrero de 2008

Paideia


Un poema arrítmico, un poema con defectos incomprensibles
Como nuestro tú y yo.
Aún sigo esperando unos ojos húmedos
En alguna de tus miradas poco comprometidas
Alguna necesidad sincera de mí, un compromiso
Impostergable
Unos hechos que concuerden con tu voz, un poema
Que refleje lo que siento.
Allí vamos el uno al lado del otro y tu
Sonrisa total. Felicidad.
Yo no quiero ir a tu lado, quiero tus pasos
Dentro de los míos, tu voz saliendo de mi boca.
Inconformidad absoluta. Yo.
Un poema feo con todo mi amor, con todas mis ganas
De no escribirlo.

jueves 6 de diciembre de 2007

El último beso

Muy de mañana, cuando la claridad del sol aún no se totalizaba sobre las nubes, me desperté con los ojos húmedos y con una lástima punzante en el corazón. Me puse de pie con la frazada sobre mis hombros y caminé hacia la ventana para ver las montañas de roca que se erigían delante del hotel como desafiantes. El frío era implacable, se metía dentro tuyo de tal manera que sentías que te tocaba el alma y te dejaba una pena insufrible. Allí parado, dominado por el frío de esa Sierra que me resultaba tan ajeno, trataba de explicarme el sentido de la vida que me había tocado vivir. Extrañaba un beso incierto. Nunca olvidé mi primer beso, en esa banquita del parque cercano a mi casa, mi parque, recordaba las manos temblorosas, pero lo que importa no es el primer beso sino el último.
Los ojos se me humedecen siempre de repente y sólo me queda volver a enterrarme debajo de las sábanas y llorar tanto como puedo. Cuando pensaba en la última vez que había visto a mi madre me invadía un sentimiento de vergüenza similar al que sentía cuando no había cumplido con una responsabilidad que ella me había encomendado, y es que una vez que comenzaba a llorar me invadían todos los recuerdos lamentables, como suplicantes que requerían que llore un poquito también por ellos.
Después de llorar –hábito funesto– me dispuse a ir al trabajo. Me mojé la cara con el agua helada que escupían las tuberías oxidadas y me puse los zapatos. Noté que la suela estaba considerablemente despegada del resto del zapato, que ya no había manera de disimularlo. Me puse unas medias de lana negra y unas sandalias. Me sobrepuse a la idea de la vergüenza de caminar así por un pueblo en el que la temperatura debía estar cercana a los cero grados centígrados. Traté de no pensar en el dinero que debía juntar para compararme unos zapatos nuevos.
Soporté las risas de cuantos vieron mis sandalias que desafiaban el frío. Nadie notó que llegué al trabajo, nadie me saludó ni me pregunto cómo estaba ni que tal había dormido. Me senté en mi escritorio y comencé a pensar en lo que podía escribir para mi columna del día siguiente. Sabía que a nadie le interesaba una columna literaria en un pueblo así. Había publicado hasta tres veces un mismo artículo y ni siquiera el editor se había dado cuenta de ello. Pensé en los momentos de mi vida en los que creía que iba a lograr ser un escritor. Ya casi me veía recibiendo el Príncipe de Asturias, el Rómulo Gallegos, hasta a veces me veía frente a la academia sueca dando mi discurso de agradecimiento por el Nobel.
Entonces recordé: yo salía de la universidad y ella estaba esperándome en la puerta, me sorprendió verla porque nunca había ido a buscarme sin avisar. Me miró a los ojos y noté que había estado llorando. Tomó mi mano y comenzamos a caminar, yo sólo me dejaba llevar mientras me preguntaba lo que estaba pasando. Después de una silenciosa caminata me dijo lo de la beca en España, me habló de la Universidad de Salamanca de su prestigio y de las facilidades para los pasajes y todo. La cabeza me empezó a dar vueltas, me dijo que podía recomendar a alguien más, que había pensado en mí, que podríamos quedarnos a vivir por allá si todo salía bien, podríamos casarnos y tener hijos y hasta ser felices. Le dije que no me iba a ninguna parte. Luego de algunas insistencias y un par de lágrimas se acercó lentamente a mí y me dio un beso. Sentí la tibieza de los labios mezclado con lo salado de su llanto. Mi último beso. A la semana siguiente ella tomó un vuelo a Europa y sólo me escribió una carta. Mi madre murió tres días después y luego –no sé cómo– comencé a perder la memoria para no tener que vivir con los recuerdos de las desgracias sucesivas que me acontecieron. De un momento a otro aparecí en alguna provincia de la Sierra del país, viviendo como un espectro en busca de algún lugar para descansar.
Cogí una hoja de papel y le escribí mi única carta:

Soy una nostalgia distinta,
un mendigo más que pelea
contra España.
Un no saber resolverse eterno,
algún llanto quedo de mi madre,
algún indeseo de mi padre.
Soy el heraldo oscuro de la muerte
que lucha contra tu invencible azul.
Salamanca está de fiesta,
y esta Sierra que tanto te ama,
ya no quiero ser lo que soy,
que algo en mí te reclama.

Después de dos meses recibí una carta suya. Me decía que deje de parafrasear a Vallejo en mis poemas y me enviaba un boleto de avión con destino a España. La mañana que llegué a Europa con mi muda de ropa vieja encima y la abracé, por fin supe que estaba donde tenía que estar. Dos años después regresamos al Perú, nos instalamos en la Sierra y nos propusimos, a como dé lugar, enseñarles a valorar a los Clásicos y al siglo de Oro Español. Nunca tuvimos mucho éxito, pero ella tuvo razón: algunos de nuestros días juntos fueron muy felices.