He tenido la necesidad de cesar mis manos una temporada larga. No siempre el alma se deja dominar por las afecciones que obligan la Literatura. En estos últimos meses he tenido la necesidad de vivir. Hablo de la otra vida. De la imperfecta, la que no se halla en las páginas suaves de los libros. Pero es como todo en la vida. A Homero no le cantaban a diario las diosas, aunque lo amaran tanto. Ahora ando por las calles con las manos en los bolsillos y la mirada ida. He malacostumbrado a mi alma a una ejercicio literario vano que me hace divagar en los momentos más inoportunos. Me siento muy turbado porque no quiero extraviar mi vida en una travesía al garete. He concluido en que la Literatura no es más que un juego egocéntrico de los autores. Sí, hoy, aquí, bajo este cielo encapotado de Octubre, debo decir que he dejado de creer en este hábito inservible. Sí, Borges, donde quiera que estés, yo también descreo.
Mi problema mayor no es mi fe o no en la Literatura, pues como ya dije soy un disidente. El problema es que los versos y las tramas me atacan sin misericordia. Pienso en versos emotivos, me atacan los poetas confesionales de la antigua Grecia. Descubro en cada suceso cotidiano potencialidades novelables. La Literatura ha minado mi ser, mana por cada resquicio de mi alma y en el menor descuido se apodera de mí. Soy un poseso de la palabra. El sábado reincidí. Me rendí al desvarío de escribir, sin parar, un cuento. El producto fue un descalabro, pero el problema no es el resultado, es el ejercicio. Escribo a escondidas diarios personales (a escondidas porque en nuestra sociedad machista un diario personal es una actividad mujeril). Traté de dejar de leer para no verme tentado a escribir, y pasé dos noches agonizantes, casi con temblores y temperaturas altas. Escribo hoy para desintoxicarme algo, para sacar un poco de mí que ya no cabe en el continente de mi cuerpo. Aún existen deudas mayores que me acusan, aún me reclaman los versos perdidos del “Elefante vampiro”, y los sucesos que no paran en su devenir. Hace unas semanas flameó una pancarta en los muros de la facultad de humanidades con un elefante vampiro dibujada en ella y yo no dije nada. No escribí al respecto, he callado, he traicionado un poco la vocación y las promesas del club. Pero he vuelto al ruedo y esta vez incluso a pesar mío.
Mi problema mayor no es mi fe o no en la Literatura, pues como ya dije soy un disidente. El problema es que los versos y las tramas me atacan sin misericordia. Pienso en versos emotivos, me atacan los poetas confesionales de la antigua Grecia. Descubro en cada suceso cotidiano potencialidades novelables. La Literatura ha minado mi ser, mana por cada resquicio de mi alma y en el menor descuido se apodera de mí. Soy un poseso de la palabra. El sábado reincidí. Me rendí al desvarío de escribir, sin parar, un cuento. El producto fue un descalabro, pero el problema no es el resultado, es el ejercicio. Escribo a escondidas diarios personales (a escondidas porque en nuestra sociedad machista un diario personal es una actividad mujeril). Traté de dejar de leer para no verme tentado a escribir, y pasé dos noches agonizantes, casi con temblores y temperaturas altas. Escribo hoy para desintoxicarme algo, para sacar un poco de mí que ya no cabe en el continente de mi cuerpo. Aún existen deudas mayores que me acusan, aún me reclaman los versos perdidos del “Elefante vampiro”, y los sucesos que no paran en su devenir. Hace unas semanas flameó una pancarta en los muros de la facultad de humanidades con un elefante vampiro dibujada en ella y yo no dije nada. No escribí al respecto, he callado, he traicionado un poco la vocación y las promesas del club. Pero he vuelto al ruedo y esta vez incluso a pesar mío.








